sábado, 18 de abril de 2015

14.- PAELLA DE BACACALO, FLORICOL Y AJOS TIERNOS.



RECORDS DE LA MEUA INFÀNCIA. PUBLICAT EN EL DIARI LES PROVÍNCIES
11-10-2014



                                Foto de Chelo Peiró Sanchis



   Entrados en Otoño y todavía hacía un calor de mil demonios. Las noches eran frescas e incluso el rocío ya asomaba, pero el medio día parecía de pleno verano. Era domingo y subidos en el carro regresábamos de misa primera. Mi abuelo había dispuesto dos sillas de bova (anea) una cara a la otra sobre el piso de  madera del carro, donde se sentaron mi abuela y mi tía, vestidas de riguroso negro y aguantando el paraguas con sus manos para resguardo del sol. Yo al lado de mi abuelo que me dejaba llevar las riendas del animal.

    Ayude a mi abuelo a desvestir al animal y llevarlo a la cuadra.
Una vez puestos cómodos, las ropas cambiadas y aliviados del sofocón, mi tía se dispuso a prepararse para hacer la comida. Ayer había pasado por la casita el pescadero que mi tía llamaba “el pescater” y había comprado medio kilo de morralla, que la cosa no estaba para más y que con una cebolla, una patata, un tomate, sal, una hoja de laurel y pimentón, hizo un caldo que quitaba los sentidos.

  Puso los hierros sobre las ascuas encendidas y sobre ellos la paella para hacerla de bacalao, floricol y ajos tiernos. Puso su aceite de oliva y cebolla finamente picada. Después la floricol cortada en pequeño y fina, sofriendo para dorarla y después tomate rallado. Cuando queda sólo con el aceite, añadió los ajos tiernos cortados y el bacalao desalado de la noche anterior. Removió todo y puso una cucharadita de pimentón y azafrán.  Puso un vaso  de arroz para cada dos raciones, removió todo bien y puso el triple de vasos del caldo muy caliente de  pescado que de arroz. Avivó el fuego con sarmientos al menos diez minutos y dejó que se terminara de hacer.

   Sobre la brasa, colocó un picante rojo, para asarlo, pues a mi abuelo le volvía loco. La paella estaba lista y los comensales también. Pusimos las cucharas de madera sobre la mesa y nos dispusimos a dar buena cuenta de ella. 


Unas cebollas tiernas con vinagre, sal y aceite acompañarían el contundente condumio dominguero. 


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